La señorita Julia
Representar en nuestros días una de las obras más emblemáticas del escritor y dramaturgo sueco August Strindberg constituye, en cierto modo, una apuesta arriesgada. Por una parte, hemos de contar con que ni la temática, ni el estilo, ni mucho menos el contexto sociocultural de la obra corresponden a las circunstancias actuales del mundo occidental, donde los temas sobre la religión, la lucha de clases, etcétera, si bien se encuentran aún muy lejos de estar resueltos, han evolucionado y se han alejado bastante del planteamiento recogido en la obra. Por otro lado, podríamos decir que plantear en el escenario, tal y como hace Strindberg, el tema de la misoginia de una manera directa y casi impune resulta peligroso en una sociedad en la que la lucha por los derechos de la mujer constituye una herida aún abierta. A ello añadiríamos que la sociedad de principios del siglo XX reclamaba un compromiso teatral que hoy en día se presenta de manera mucho más sofisticada. Todo ello convierte la obra en un auténtico reto para mantener el interés del espectador, reto del que la dirección de Miguel Narros sale muy bien parada. En efecto, ni el machismo latente, ni los vericuetos de un amor -o deseo- prohibido, troquelado en torno a una culpabilidad demasiado primaria, constituyen elementos que podamos encontrar ahora de forma habitual; pero claro, el espectador que se aproxima a “La señorita Julia” debe ser consciente de que asiste a una pieza en su estilo original, sin adaptación o reinterpretación según los condicionantes sociales que impregnan el presente de nuestro mundo. Vista así, la obra posee cierto interés y algunos, quizá, hasta puedan encontrar diversas lecturas e interpretaciones. Todo ello es bueno para alimentar la magia del teatro.
No desmerece tampoco la interpretación que realiza el elenco de actores: María Adánez, Raúl Prieto y Chusa Barbero. Se trasluce en ella un trabajo serio, aunque quizá los personajes presenten gran dificultad para alcanzar registros demasiado depurados.
El planteamiento de la obra, con un comienzo actualizado, original y plausible, el cual establece una complicidad previa a la acción dramática entre los actores y el público, tal vez necesite el tradicional descanso intermedio que dé a los asistentes un respiro para aliviar la densidad de la representación.
En definitiva, el espectador que asista a la representación se quedará con el sabor de una obra bien llevada a escena, ajustada en sus pretensiones y que rememora a un dramaturgo importante, considerado uno de los padres del teatro moderno.

























Yo vi la obra el pasado sábado y me quedé muy sorprendido de las interpretaciones de los actores. Tanto de María Adánez a la cual no tenía el gusto de haber visto su luz, su clase, su saber hacer, su energía en directo como de Raúl Prieto. Para mí un completo desconocido que ha conseguido atarme a la butaca y dejarme petrificado ante su soberbia actuación.
me encantó maría adanez. Esa niña está demostrando cada día que no sólo sabe hacer comedia. Me dejó impresionada con su interpretación de la señorita julia. No me podía creer que la pija de aqui no hay quien viva pudiera cambiar tanradicalmente sus registros cómicos para dotar a su señorita de la pasión,la esquizofrenia, la angustia y las contradicciones del alma que presenta su personaje. Raúl Prieto tambien muy bien. Hacen una pareja artística increíble. Una obra inolvidable. la recomiendo a todos los que gusten del teatro en estado puro..