
En el día de ayer el Tribunal Constitucional hizo público el texto de la sentencia que refrenda la constitucionalidad de la “Ley Integral contra la Violencia de Género”, en aquellos artículos referidos al mayor castigo que merecen las agresiones dentro de la pareja cuando sean cometidas por un hombre. Con independencia de los argumentos esgrimidos por los magistrados del alto tribunal, sí conviene tener en cuenta algunos datos sobre la violencia en general con el fin de enfocar correctamente el problema específico de la violencia entre sexos.
En primer lugar hemos de partir del hecho -no por obvio menos cierto- de que los seres humanos nos comportamos violentamente. En algunas ocasiones el comportamiento violento lleva una carga de emoción, de cólera o de odio; otras veces, la violencia es fría, premeditada, calculada.
En segundo lugar -otra evidencia que conviene resaltar- los varones se implican en comportamientos violentos con mucha más frecuencia que las mujeres pero están también mucho más expuestos a ser víctimas de la violencia. Algunos varones, sobre todo los jóvenes, se muestran muy agresivos y violentos, mientras otros, en cambio, no lo son en absoluto.
En tercer lugar, un número considerable de los actos violentos está relacionado con temas sexuales, búsqueda de pareja y relaciones de dominio y posesión entre la pareja.
Como podemos apreciar por las cifras estadísticas, en lo tocante a la violencia entre sexos, sólo en nuestro país las denuncias se han duplicado en los últimos tres años, habiendo 320.000 maltratadores fichados, el 90% varones, tal como recoge en un reportaje el diario El País.
Por tanto, no parece faltarle razón al Tribunal Constitucional a la hora de justificar la mayor pena para el varón.
Por otro lado, en el marco global de la violencia, lejos de controlarse, cada día hay más actos violentos en todo el mundo. No sólo guerras o actos bélicos puntuales. El uso de la fuerza es una realidad a la que no podemos volver la espalda, de donde surge la pregunta de si los seres humanos somos violentos por naturaleza, o llegamos a esa situación como el fruto de determinadas circunstancias? Si somos violentos por naturaleza, ¿qué hay en nuestra naturaleza que nos hace ser violentos? Si, por el contrario, somos pacíficos por naturaleza, ¿cuáles son las circunstancias y los procesos que nos transforman en agresores y asesinos?
Nos enfrentamos a cuestiones difíciles de abordar. Especialistas en antropología social, psicología, psiquiatría, sociología, neurología… están tratando de elaborar una teoría general sobre la violencia, que tenga en cuenta componentes biológicos, genéticos, evolutivos, culturales. Parece ser que muchas formas actuales de violencia están relacionadas con las desigualdades sociales; pero también quedó demostrado hace tiempo que sacar a la gente de su pobreza o proporcionarle mejores oportunidades de educación no tiene porqué conducir a disminuir la violencia, aumentó incluso en algunos casos. Da la impresión de que muchos seres humanos parecen disfrutar cuando ven sufrir a los demás, como así sugiere el psicólogo Steven Pinker en su libro “Cómo funciona la mente”.
En cualquier caso, se ha demostrado que muchos delincuentes violentos presentan a menudo un déficit en el cerebro, el cual, combinado con experiencias adversas (malos tratos durante la infancia, abusos sexuales, etc.), originan un comportamiento extremadamente violento, sobre todo en los varones.
Contra la violencia, por tanto, prevención. Urge conocer con detalle los mecanismos involucrados en los actos violentos con la finalidad de identificarlos y elaborar así una estrategia preventiva desde la infancia. Por otro lado, hay que poner en cuarentena las medidas de “reinserción” social del delincuente violento. Las técnicas de modificación de conducta parecen no tener la eficacia deseada, y tampoco las normas legales de “alejamiento” de la pareja, en el caso de violencia doméstica, son las más adecuadas.