ANTHROPOS

Neuropedagogía: la educación del presente.

Neurodidáctica

Los avances neurocientíficos están modificando de forma considerable las ideas que teníamos sobre el funcionamiento de nuestro cuerpo, la percepción y el aprendizaje. Fruto de ello es el feliz encuentro entre pedagogía y neurociencia, dando pié a una nueva disciplina denominada neuropedagogía o neurodidáctica; esto es, el aprendizaje con todo nuestro potencial cerebral.

Hace ahora un año se impartió un curso sobre esta materia en la Universidad de Salamanca. Después de este tiempo, los responsables académicos del citado evento han decidido plasmar por escrito los contenidos del curso, con algunas colaboraciones externas. Así, bajo el título de “Neuropedagogía”, la Editorial Universa Terra pondrá en circulación un volúmen escrito  por los siguientes autores:

Dra. Ana Iglesias  (Coordinadora) . Profesora de Didáctica de la Escuela de Educación y Turismo de Ávila. Universidad de Salamanca.

D. Miguel Ángel Gasco. Profesor titular de la Facultad de Bellas Artes. Universidad de Salamanca.

D. José L. Murillo. Departamento de Filosofía. Facultad de Filosofía y Letras. Universidad de Navarra. Pamplona.

Dr. Juan Antonio Juanes Méndez. Profesor titular de anatomía. Facultad de Medicina. Universidad de Salamanca.

Dr. José María Criado Gutiérrez. Profesor Titular de fisiología. Facultad de Medicina. Universidad de Salamanca.

José María Giménez Amaya. Catedrático de Anatomía. Departamento de  Anatomía, Histología y Neurociencia. Facultad de Medicina. Universidad Autónoma de Madrid.

Dra. M. Isabel Valdunquillo Carlón. Profesora titular de psicología evolutiva y de la educación. Escuela Universitaria de Educación y Turismo de Ávila. Universidad de Salamanca.

En sucesivos artículos hablaremos sobre los contenidos de esta publicación y de diversas iniciativas que llevaremos a cabo.

Junio 23, 2008 Publicado por J. L. Nava | Educación, Neurociencia | , , , , , , | No hay comentarios

Diccionarios y gestión cerebral del léxico

Los diccionarios reflejan la gestión cerebral del léxico

La última edición del Oxford English Dictionary cuenta con 22.000 páginas de definiciones. Aunque son muchas, este diccionario está organizado de la manera más concisa posible, y en un formato que refleja la forma en que nuestros cerebros clasifican y gestionan las palabras de nuestro vocabulario.

Según explica el Rensselaer Polytechnic Institute (RPI) en un comunicado, una investigación llevada a cabo por Mark Changizi, profesor de ciencias cognitivas de dicho instituto, ha revelado que todas las palabras de una lengua enraízan en un pequeño grupo de “palabras atómicas” y se organizan en función de ellas.

Según Changizi, los diccionarios a menudo están organizados como una intrincada red de palabras en la que la definición de la palabra A alude a la palabra B, que a su vez se utiliza para definir la palabra C, que finalmente alude de nuevo a A. Esta organización a gran escala de los diccionarios tendría su origen en la forma en que los humanos sistematizan mentalmente las palabras y sus significados, afirma.

Ahorro de papel y de materia gris

Según Changizi, los diccionarios están elaborados como una pirámide invertida. Las palabras más complejas (como albacora o antílope) se encontrarían en la parte de arriba de la pirámide y son definidas por palabras más básicas, situadas más abajo en la pirámide.

A la larga, todas las palabras acaban vinculadas a un pequeño número de palabras, las atómicas (como acto o grupo), que son tan fundamentales que no pueden ser definidas con términos más simples que ellas mismas. El número de niveles de definición que suponga llegar desde una palabra determinada hasta una palabra atómica se denomina “el nivel jerárquico” de dicha palabra.

Los resultados de la investigación de Changizi, publicada este mes en el Journal of Cognitive Systems Research, señalan que los diccionarios que usamos actualmente aplican un número óptimo de niveles jerárquicos.

Changizi publica en dicho artículo un patrón visual que refleja cómo el léxico ha evolucionado culturalmente a lo largo de decenas de miles de años para ayudar a reducir el espacio global del cerebro que se necesita para codificar las palabras.

Siete niveles

Según declaró recientemente Changizi en una entrevista concedida a Scientific American, los resultados del estudio apuntan a que, con el tiempo, la cultura ha desarrollado los significados de las palabras de nuestro léxico de tal forma que se minimice el tamaño total de las definiciones.

Y el por qué de este esfuerzo radicaría en que, de esta forma, nuestro cerebro puede albergar más palabras y, así, tenemos un vocabulario más rico. Muchas otras invenciones humanas, como la escritura o las señales visuales, han sido diseñadas de igual forma, explícitamente o por presión cultural, con la finalidad de minimizar la demanda que suponían para el cerebro, asegura el científico.

Llevando a cabo una serie de cálculos basados en la estimación de que en el diccionario habría 100.000 términos o palabras complejas diferentes, y un total de entre 10 y 60 palabras atómicas, Changazi diseñó tres rasgos característicos presentes en los diccionarios más eficientes (y también en el cerebro).

Por otro lado, descubrió que el número total de palabras a lo largo de todas las definiciones del diccionario (y, por tanto, el tamaño del diccionario) cambia en función del número total de niveles jerárquicos presentes en dicho diccionario.

Aplicaciones en la enseñanza

Así, los mejores diccionarios tienen, aproximadamente, siete niveles jerárquicos. De hecho, estos siete niveles suponen un 30% menos del volumen del libro, en comparación con un diccionario que sólo tuviera dos niveles jerárquicos.

Finalmente, Chaginzi afirma que hay una progresión en el aumento del número de palabras en cada nivel jerárquico sucesivo, y que cada nivel contribuye a las definiciones de las palabras que se encuentran justo un nivel por encima de ellas.

Aplicando estas premisas al estudio de diccionarios actuales, en concreto el Oxford English Dictionary antes mencionado y el WordNet (un diccionario on-line de la universidad de Princeton) , el científico descubrió que estos rasgos permitían reducir la extensión del diccionario, de la misma manera que nuestro léxico se ha organizado para minimizar la necesidad, tanto de espacio mental, como de gasto energético del cerebro.

Changizi cree que esta investigación podría tener aplicaciones para el estudio del aprendizaje infantil del vocabulario, con el fin de optimizar dicho aprendizaje.

Objetivo: el por qué

Según Scientific American, mientras muchos neurocientíficos intentan adivinar cómo funciona el cerebro, Mark Changizi está decidido a determinar por qué el cerebro funciona de esta manera.

Así, Changizi ha demostrado en estudios anteriores que la forma de las letras en 100 sistemas de escritura es como es porque refleja formas comunes de la naturaleza: la letra “A” sería como una montaña, y la “Y” recordaría a un árbol con sus ramas, por ejemplo.

Asimismo, el científico ha demostrado que la mayoría de los caracteres de las diversas lenguas presentan tres trazos porque, según él, el tres es la cantidad mayor que el cerebro de una persona puede percibir sin necesidad de contar.

Changizi estudia el cerebro desde una perspectiva teleológica, es decir, desde la perspectiva de los fines o propósitos de sus funciones. Otro de sus interesantes objetivos de estudio son las ilusiones ópticas.

Fuente: Tendencias.

Junio 8, 2008 Publicado por J. L. Nava | Neurociencia | , , , , , , | No hay comentarios

Las limitaciones del psicoanálisis

El psicoanálisis está repleto de afirmaciones extraordinarias. Freud nos dice cosas como que los bebés tienen una vida sexual muy activa, o que la mayor parte de los niños a la edad en que empiezan a acudir al colegio están enamorados de sus madres y desean matar a sus padres, o que las niñas envidian el pene y los niños temen ser castrados. Muchas personas creen que las afirmaciones del psicoanálisis pertenecen al campo de la ciencia y que debemos creerlas, por extraordinarias que nos resulten, porque han sido científicamente demostradas. Sin embargo —afirman Carlos Santamaría y Ascensión Fumero—, ni Freud ni sus seguidores demostraron jamás ese tipo de afirmaciones, ni con pruebas extraordinarias ni con indicios relativamente razonables. El psicoanálisis ha lanzado al mundo las ideas tal vez más sorprendentes sobre la psicología humana, pero no lo ha hecho tras considerarlas probadas. Estas afirmaciones son a veces simplemente falsas y otras sencillamente indemostrables.

Carlos Santamaría (Madrid, 1962) es doctor en Psicología y profesor de la Universidad de La Laguna e investiga sobre los procesos de razonamiento y comprensión. Ha publicado varios libros, entre ellos Introducción al razonamiento humano (Alianza, 1995) e Historia de la psicología: el nacimiento de una ciencia (Ariel, 2001) y diversos trabajos de investigación en revistas internacionales. Entre otros reconocimientos ha recibido el Premio Nacional de Investigación Educativa, y el Benito Pérez Armas por la novela Marina Miranda.

Ascensión Fumero (Santa Cruz de Tenerife, 1967) es doctora en Psicología y profesora titular del departamento de Personalidad, Evaluación y Tratamientos Psicológicos de la Universidad de La Laguna. Su investigación se ha centrado principalmente en el área de la personalidad. Ha colaborado en la Universidad de York con grupos internacionales en el estudio del estrés. Actualmente participa en la Universidad de Princeton en el desarrollo de un proyecto sobre cómo razonan las personas con ciertas tendencias de personalidad.

Un fragmento del texto:

Pocas teorías han mostrado mayor ambición con un cuerpo de conocimientos tan exiguo como el psicoanálisis. La teoría psicoanalítica es capaz, supuestamente, de explicar el desarrollo humano, la implantación y desaparición de recuerdos, las enfermedades mentales, las normas sociales, el fundamento de cualquier manifestación cultural y hasta por qué nos hacen gracia los chistes. Una de las causas que pudo estar en la base de esta desmesurada ambición fue la propia arrogancia de Sigmund Freud. Con menos de 30 años, y cuando era lo que hoy llamaríamos un estudiante de postgrado a las órdenes de Jean-Martin Charcot, escribió una carta a su prometida comunicándole que había cambiado sus ideas, por lo que había decidido destruir todos sus escritos anteriores para que sus biógrafos no tuviesen información sobre sus planteamientos originales. En su opinión, las generaciones futuras buscarían esa información, pero el sufrimiento de sus defraudados biógrafos no le causaba tristeza. Lo más curioso es que Freud acertó: se han publicado multitud de biografías sobre él y aquellos papeles destruidos hubiesen sido, sin duda, objeto de estudio de sesudos eruditos.

Freud no se conformaba con lo que podía aportar la ciencia. Había publicado algunos estudios científicos sobre la médula espinal de las anguilas, los cangrejos de río y las larvas de las lampreas, pero esta línea de investigación no le hubiera reportado la fama que obtuvo tras abandonar el camino del método científico, ni tampoco, por supuesto, el dinero dejado por pacientes, libros y conferencias.

El método científico es necesariamente lento: lo que un investigador puede demostrar es siempre mucho menos de lo que es capaz de imaginar y escribir. Como hemos visto, Freud dispuso de un limitadísimo conjunto de observaciones, pero en su correspondencia de los últimos años llegó a decir que el psicoanálisis podría haber evitado la Primera Guerra Mundial. Sus seguidores tomaron buena nota de ese estilo y no se dejaron amedrentar por lo limitado de sus datos a la hora de construir explicaciones ambiciosas.

[...sigue en el capítulo 5: Del mito al timo]
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El psicoanálisis ¡vaya timo!
de Carlos Santamaría y Ascensión Fumero
Ed. Laetoli
100 páginas
ISBN: 978-84-924220-1-2
13,00 euros

Junio 6, 2008 Publicado por J. L. Nava | Libros | , , , | No hay comentarios

La búsqueda del saber


Ya Aristóteles comenzaba su Metafísica afirmando que “todos los hombres desean por naturaleza saber”. En efecto, no sólo buscamos saber sino que queremos ampliar dicho saber. El conocimiento que tenemos de las cosas es limitado, de tal forma que cada nuevo descubrimiento representa un nuevo inicio en la búsqueda del saber. La historia de la humanidad refleja esa inquietud siempre renovada por querer saber, movida por un deseo de verdad que suele escaparse (¿qué es la verdad?) y por las numerosas repercusiones que el conocimiento tiene para resolver los problemas prácticos.

La experiencia ordinaria no es suficiente para responder a nuestros interrogantes. Necesitamos razonar, relacionar datos, extraer consecuencias. Nos vemos obligados a combinar la información que nos proporcionan los sentidos con el razonamiento, que nos lleva más allá de lo que se puede observar directamente. Desde la Antigüedad, se ha dado el nombre de ciencia a este tipo de conocimiento que traspasa la experiencia cotidiana. Desde esta perspectiva, ciencia significa conocimiento demostrado. Para ello, este conocimiento implica el uso de razonamientos lógicos, pruebas, demostraciones, que nos permiten obtener conclusiones a las que no podríamos llegar de otro modo.

La importancia que dispensamos a la ciencia en nuestra civilización no suele ir acompañada de una comprensión adecuada de su validez. Frecuentemente damos por supuesto que, si algo es “científico”, se encuentra perfectamente establecido; pero esto no es así. Más bien, todo conocimiento científico es provisional y revisable, y ni siquiera existe un consenso generalizado entre los expertos acerca del valor de las demostraciones científicas.

Los nuevos paradigmas científicos, como la autopoiesis, ya citado en un comentario anterior, necesitan de una reflexión epistemológica capaz de integrar los diversos modelos científicos en un corpus doctrinal que siente las bases del hecho científico en este siglo XXI. Sólo si somos capaces de reflexionar con la profundidad necesaria sobre el quehacer de la ciencia y sus dificultades hoy día, podremos continuar la exploración del saber.

Mayo 16, 2008 Publicado por J. L. Nava | Al tiempo de mi camino | , , , | No hay comentarios