
Durante los últimos veinticinco años la preocupación por el deterioro del medio ambiente ha ido en aumento; sin embargo, no así el progresivo desastre ecológico, que en algunos aspectos presenta tintes dramáticos.
Recuerdo las batallas sin fin que unos pocos emprendíamos contra la política forestal del famoso ICONA (Instituto para la Conservación de la Naturaleza), o los enfrentamientos casi diarios para la protección de la fauna.
En aquellos años se fraguó el incipiente movimiento ecologista, merced a la crisis del petróleo y sus consecuencias, y a diversas iniciativas protagonizadas por instituciones como Naciones Unidas y científicos independientes que con su denuncia pública lograron introducir conceptos como “deterioro ambiental”, “crisis ecológica” y otros.
Resulta ocioso en este momento presentar un resumen de esta lucha por la defensa del medio ambiente, puesto que ha sido magníficamente documentada y divulgada.
Conviene, por tanto, centrarse en lo que bajo mi punto de vista considero como un estrepitoso fracaso ecologista: la lucha por la conservación de nuestra biosfera acumula más derrotas que victorias. Y, lo que es peor, el futuro sólo puede ser contemplado con un elevado grado de incertidumbre, a pesar de los intentos de muchos científicos, e incluso de algunos políticos, por intentar cambiar las cosas.
Los ciudadanos tenemos en este tiempo presente más información que nunca sobre numerosos temas, uno de ellos el medioambiental: documentales en televisión, noticias en prensa, radio, internet, espacios informativos dedicados íntegramente a informar sobre los problemas de la naturaleza, suplementos periodísticos, etcétera.
A la par, los planes de estudio recogen estos problemas y son estudiados, o cuando menos presentados, en los ciclos formativos obligatorios de enseñanza primaria y secundaria.
En último lugar, se ha articulado y puesta en marcha toda una legislación preventiva y penal que tipifica el “delito ecológico”, con la creación de unidades policiales como el SEPRONA de la Guardia Civil en España, especializada en la prevención y persecución de este tipo de delitos.
Por tanto, podemos deducir, la información está ahí, al alcance de cualquiera, al menos en los países desarrollados. Todos tenemos un conocimiento elemental de lo que está pasando en el planeta. Pero las cosas no mejoran.
Por poner algunos ejemplos:
- La superficie forestal se está reduciendo a un ritmo creciente, inclusive aplicando políticas de forestación masiva.
- Muchas especies animales están al borde de la extinción, bien por un efecto directo de determinadas actividades humanas (caza furtiva, cebos envenenados, turismo masificado a enclaves ecológicos, etc.), bien por efectos indirectos (crecimiento urbanístico, vertederos incontrolados, infraestructuras que destrozan los ecosistemas, contaminación, etc.)
- Las aguas de ríos y mares pierden calidad año tras año. Los vertidos sin depurar ilegales, la sobreexplotación de acuíferos, los vertidos legales pero gravemente tóxicos, el uso casi indiscriminado de las zonas costeras para potenciar la industria turística, y otros muchos problemas, la mala gestión del agua, que en España se agudiza por los períodos de sequía, cada vez más prolongados y un largo etcétera de problemas que afectan a la calidad del agua.
- La obtención de energía, y no sólo mediante la industria nuclear, sino las instalaciones eólicas, con el inconveniente para la fauna y el paisaje.
- El crecimiento incontrolado de las ciudades, basado en una especulación urbanística del suelo sumamente corrupta, donde lo que importa es el negocio inmediato.
- La contaminación de la atmósfera y del aire que respiramos.
- La contaminación invisible que representan las radiaciones electromagnéticas de telefonía celular, radiofrecuencias, antenas repetidoras, etc.
- Los aditivos alimentarios, muchos de ellos con potenciales efectos cancerígenos y también adictivos.
- La introducción de nuevos hábitos alimentarios y de consumo compulsivo, que representan una merma en la salud de las personas y la emergencia de nuevas enfermedades.
En fin, la lista podría ser casi interminable.
Ante este panorama, resulta justificado preguntarse por la eficacia de las campañas de sensibilización ambiental, sean llevadas a cabo por algunas instituciones públicas o por ONGs y organizaciones ecologistas.
¿Somos tan ciegos para no darnos cuenta del efecto de nuestras imprudencias?, ¿acaso miramos para otro lado pensado que “la naturaleza todo lo puede” y nunca habrá un colapso ambiental?, ¿o bien hay toda una serie de mecanismos hábilmente encubiertos que tienden a manipular la actividad del individuo hasta el punto de olvidarse del grave deterioro ambiental?
Personalmente, y teniendo en cuenta las investigaciones sobre psicología social y cognitiva, antropología y aprendizaje, sociología, etc., me decanto por afirmar que nuestra sociedad está conducida hacia un modelo que podemos denominar “crítica ciudadana de baja intensidad” (CCBI).
Esto es, los ciudadanos conocemos el impacto de nuestras actividades, podemos inclusive criticar determinadas políticas, protestar ante desastres ecológicos de gran magnitud, firmar manifiestos y otras proclamas; pero poco después, continuamos con los mismos estilos de vida, que implican numerosos abusos del entorno y olvidamos los sistemas de producción altamente destructores que garantizan nuestro supuesto bienestar. Es más, adquirimos potentes coches, participamos del turismo de masas, nos alimentamos con preparados alimenticios que no requieren elaboración, nos lanzamos a una carrera por ganar tiempo al tiempo, creyendo que así prosperaremos más,…
Pocas veces se racionaliza la CCBI, por el gran poder manipulador de los medios de comunicación y de las grandes corporaciones industriales transnacionales.
El ciudadano corriente busca, ante todo, el bienestar personal, traducido en un mayor poder adquisitivo, más tiempo para el ocio y para el consumo.
De forma paralela, los expertos en mensajes publicitarios utilizan todos los hallazgos neurocientíficos para ejercer coerción mediante la publicidad. Es un complejo mecanismo cognitivo que acarrea la modificación del pensamiento y, por consiguiente, de los comportamientos.
Unido a ello, la ocultación sistemática de todo tipo de estudios científicos, especialmente en los campos de la epidemiología ambiental, la física de altas energías, la virología e ingeniería genética, con la creación de registros y laboratorios blindados donde sólo unos pocos investigadores pueden tener acceso, bajo estrictos controles, muchas veces en manos militares y, cuyos experimentos y resultados siempre son, cuando menos discretos y pocas veces publicados en revistas u otros medios de comunicación.