El no arte
En un reciente foro sobre arte contemporáneo, se habló -desde un planteamiento inicial basado en distintas paradojas que el moderador iba presentando- de los problemas que enfrenta en la actualidad la creación artística y el público.
Nada nuevo, por otra parte, pues el artista se ha movido siempre entre la tensión producida por su deseo de ver expuesta la obra con la huida de lo convencional. Y, en esta categoría, hay que incluir a las galerías y museos.
Con lo que algunos autores denominan “democratización del arte”, concepto un tanto confuso, parece que cualquier cosa pueda ser considerada como arte.
Yo diría que la característica fundamental en esta primera década del siglo XXI es, precisamente, la ausencia de una verdadera crítica que ponga las cosas en su sitio. En la actualidad la crítica de arte queda oscurecida bajo los criterios de la corrección política, lo cual es un fiel reflejo de los tiempos en que vivimos. Si no hay crítica, todo parece estar justificado y, la única referencia disidente, sólo podemos encontrarla en el hastío.
Se nos vende, por ejemplo, la feria de arte contemporáneo ARCO, como el máximo exponente de la innovación artística; pero el público huye en desbandada. Se nos dice que la creación artística se renueva cada día, pero los museos realizan planteamientos repetitivos ofreciendo exposiciones de autores que no han pasado criba alguna de calidad salvo, quizá, la afinidad política e ideológica con el comisario de turno.
Así las cosas, el “no arte” copa gran parte del abanico expositivo. No es una tendencia exclusivamente española, sino que afecta al conjunto de la sociedad occidental.
Las Facultades de Bellas Artes, lugares -no únicos, claro- donde fraguar nuevas generaciones de jóvenes artistas, languidecen en el más absoluto silencio. No hay reacciones, sino el mantenimiento de las formas y los criterios no enfrentados al político de turno. La provocación, elemento constitutivo del arte fresco, se adorna con el mal gusto; pero no nos engañemos, esto es sintomático de una creatividad dormida.
Sin crítica, el arte queda al albur de los mercaderes y creadores de opinión, de los políticos y vividores de la subvención pública.
Así es, por tanto la paradoja fundamental del arte contemporáneo: cómo, desde la promoción de las Bellas Artes, se logra justamente lo contrario: la aniquilación del arte como tal.

























