
Ya dijo el filósofo español Gustavo Bueno que la cultura es un mito y, por tanto, esto que se promociona con tanto afán, no es otra cosa que política y mercado. En realidad, poco importa la cultura como tal, si es que existe semejante actividad.
Entramos en plena temporada de ferias del libro y los editores presentan sus últimas ediciones; pero no nos engañemos: no podemos olvidar que lo que se promociona no es la lectura, sino la compra del producto; es decir, el negocio. La lectura y el interés por el conocimiento deben fomentarse en las familias, los colegios y los institutos.
Yo creo que esto de la cultura nos cuesta un ojo de la cara. Por un lado, en nuestro país al menos, las administraciones públicas no dejan de gastarse nuestro dinero en la promoción de eventos, actividades literarias, etcétera. Me parece bien que se destine una parte de los presupuestos a la divulgación cultural; pero tengo la impresión de que, en muchas ocasiones, interesa más el compadreo y la publicidad del político de turno que el enriquecimiento intelectual de los ciudadanos. Además, estas promociones conllevan el correspondiente engranaje publicitario, con la impresión de folletos, cartelería, compra de espacios publicitarios en medios de comunicación, etcétera. Y aquí chocamos con la dimensión ecológica de la promoción cultural. Si es cierto -cosa que dudo- que las administraciones fomentan el respeto por la naturaleza, el equilibrio ecológico, la lucha contra el cambio climático, las políticas medioambientales, en suma, no parece razonable que favorezcan, por otra parte, el consumo desmesurado de papel, hasta el punto de que cada ciudadano español consume una media de 170 kilogramos de papel al año, según leo en “Consumo responsable” , lo cual es una barbaridad.
Nuestra actual civilización científico y técnica ha inventado un maravilloso sistema de almacenamiento de documentos y libros en soportes electrónicos, sumamente más baratos de producir y con una carga contaminante menor. Pero su uso colisiona con los intereses económicos, ¿verdad? Así las cosas, quizá tengamos que esperar todo el siglo XXI para el uso generalizado y universal de dispositivos electrónicos de lectura. Quizá para entonces ya nos sea indiferente. Tanto usted como yo difícilmente llegaremos al final del siglo; pero los que vivan por esas fechas tendrán que sufrir las consecuencias de la deforestación masiva; a pesar del supuesto uso sostenible de los bosques, la contaminación cada vez mayor y los graves desajustes en la biosfera, con consecuencias nefastas para la salud humana. Curiosamente, nuestro país, con una gran conciencia ecológica, como gusta decir a los políticos, no deja de incrementar las emisiones de gases de efecto invernadero: un 1,8% aumentaron en 2007, según destacó ayer el diario El País y otros periódicos en sus ediciones digitales y, cómo no, en sus numerosas ediciones de papel.